Chori Chori, Tagore y el cine

Sergio Berrocal | Maqueta Newsoncinema

Rabindrasnath Tagore fue la primera referencia espiritual que muchos tuvimos de la lejana y misteriosa India, que las películas en technicolor nos presentaban a través de maharajás construidos con piedras preciosas y un personajillo llamado Sabú, una especie de lazarillo de Calcuta. Luego llegó toda la miseria del mundo con Madre Teresa y ahora la inmensa India estalla ante la faz del mundo con películas que cantan y encantan.  Nunca había visto una de esas cintas producidas en los inmensos estudios de Bollywood, Bombay para los ignorantes, donde se ruedan muchas más películas que en Hollywood y, desde luego, con tanto talento, menos pretensiones y una dulzura delirante. La primera que me ha dado la nueva cultura hindú lleva el divertido título original de Chori chori chupke chupke y me ha hecho pasar el par de horas más agradable desde que la sinrazón que se ha instalado en Estados Unidos hizo desaparecer aquella serie que todos cantábamos con la nostalgia de las lágrimas, Mash.

Pero como algunos de ustedes son capaces de vivir en el mundo idiotizado de La guerra de las galaxias y otras menudencias capaces son de decirme que no conocen a Sabú, al que les he mencionado al principio de esta croniquilla. Y cometerían un desacato, juro no hablarles nunca más, si también me dijesen que Mash no les suena.

Sabú era una especie de salvaje de selvas indias repletas hasta el techo de elefantes gigantescos que en todas las películas se mostraba de una bondad bobalicona para con sus amos blancos, los eternos colonizadores británicos, que Dios les perdone. Afortunadamente en el horizonte de aquella absurda revolución del mes de mayo de 1968, cuando en París los estudiantes quisieron fundirse con los obreros en una operación de recuperación libertaria que por poco le cuesta un ojo a Jean-Paul Sartre, se hablaba mucho de dos líderes, el Mahatma Gandhi, asesinado en 1948 por quienes consideraban que su lucha sin napalm contra la opresión colonial no era políticamente correcta, y del Che Guevara, matado en Bolivia en 1967 por los pandilleros bolivianos y sus mentores de la CIA.

Al Che le conocíamos como si fuese de aquella familia de gente que en otro lugar lejano, Cuba, nos había dado a los jóvenes un fogonazo de esperanza con la llegada de los barbudos a La Habana y un amanecer de días abiertos al sueño. Pero esto pasa como con Sabú. El Alzheimer, ya saben. El caso es que el Gandhi aquel tan estrafalario para nuestros modelos occidentales dejó en nuestras almas tan inocentes como inexperimentados la imagen de una India de sonrisa, bondad y mucha hambre. Pero, ¿díganme, de veras que no recuerdan Mash, aquella serie estadounidense antimilitarista y antitodo que se reía de la guerra de Corea y de todos los militares de cuantos Pentágonos puedan existir?

Otro momento clave de nuestra mala educación india para las almas cándidas occidentales fueron todos esos documentales que siguen circulando por ahí y que arrastran imágenes repetitivas de un país retrasado, atrasado y perdido en sí mismo que sólo vive a orillas de las aguas poco higiénicas del Ganges. Luego nos contaron que una señora llamada Teresa andaba haciendo el bien hasta la muerte en barrios de Calcuta donde ni los indios querían meterse. Nació la que luego, vía la iglesia, sería la Madre Teresa de Calcuta. Y esta fue otra de mis grandes referencias, siempre con ese fondo siniestro de miseria inconmensurable.

Para entonces el cine había abandonado la mágica silueta de los maharajás y sus diamantes de cuentos de hadas. Y mi Sabú se desvanecio con sus dientes como esmeraldas transparentes.

De pronto, olvidando guerras pasadas y futuras, con el ronroneo de los helicópteros de Mash siempre presentes, China se afirma como una superpotencia mundial, con  posibilidades de dejar económicamente atrás a Estados Unidos al correr de unos cuantos  años. Y casi al mismo tiempo India se despierta, según el semanario francés L’Express. El mundo cambia. Atrás queda Mayo del 68 y mis películas en technicolor.

Pero déjenme que les hable de Chori chori chupke chupke. No tengo la más remota idea de lo que ese título quiere decir en cristiano ni creo que a nadie le importa algo más que un comino devaluado por la presión del euro. Es mi primera experiencia de ese cine de Bollywood, donde se fabrican más películas que churros en la feria de este pueblo pesquero del sur de España donde todavía me dan un descafeinado cuando me acerco a mi bar de la playa.

Chori, chori, Dios mío, que belleza. Es un auténtico chupke, chupke, de veras, lo juro. Un melodrama realizado con un primor técnico que atragantaría de envidia al mismísimo Bush si lo viese (lo malo es que ya se sabe lo que puede ocurrir si a este hombre se le va un cachito de galletita por donde no debe). Belleza por los cuatro costados, no, por los cinco… Y no les hablo de las actrices. My God!, como hubiese dicho Gandhi al tomar el té con el último gobernador de Gran Bretaña cuando los lanceros bengalíes se disponían a abandonar más de cuatro plumas de heroísmo y caballerosidad. Creo que la más guapa, vamos la protagonista se llama, mi preferida, Rani Mukkherjee . Si quieren tener una idea tomen una coctelera y mezclen un poquito de Julia Roberts, no mucho, unas gotitas de Audrey Hepburn, un chorreón de Sharon Stone y dejen reposar el mejunje antes de terminar agregando unas gotitas, sin exagerar, de Ingrid Bergman en Casablanca, su mejor foto, y otras de Maureen O’Hara en pleno delirio con John Wayne en El hombre tranquilo.

Eso sí, los guionistas hindúes no tienen escrúpulos sobre derechos de autor y esta cinta es una mezcla divertida y perfectamente lograda de El derecho de nacer, Pretty Woman y algunos títulos más. La guapa de la muerte se casa con un guapetón un poco caballuno (Salman Khan) y están a punto de tener un hijo cuando jugando al críquet (¡Madre Teresa, Ghandi!) lo pierde en una caída. Entonces, él que no es tonto pero que ama a su señora esposa contrata millonariamente a una prostituta a la que hará un hijo que luego será el de su legítima esposa y suyo.

Yo me esperaba a ver escenas osadas, “kamatrusianas” si me permiten pero nada. El argumento parece corregido por una oficina católica del cine. Tan castamente transcurre la acción entre el macho, la esposa y la prostituta (a la que se trata de hacer el hijo que la otra no puede tener, no se olviden este detalle) que durante veinte minutos me perdí totalmente. Entonces los tres desembarcan en un pueblo suizo sólo apto para millonarios.

Pero el marido, que es muy fiel aunque la verdad es que la señorita prostituta le trae loco, se resiste a consumar o a consumir, ustedes perdonen. Hasta que la desdichada esposa los deja solos durante una tempestad de nieve en un chalé tan requetechulo que ni siquiera existe en Suiza y él, después de recurrir a una mezcla espantosa de vodka cara y cola barata… Perdonen pero no puedo seguir leyendo mis notas que están borradas por las lágrimas que no pude contener en el momento en que la prostituta se queda embarazada y todos son más felices que Julia Robert cuando Richard Gere pone de rodillas y a sus pies a las cretinas vendedoras de una tienda de superlujo de Beverlly Hills. Bueno esto era en Pretty Woman o tal vez en Mash, ya no me acuerdo. Pero déjenme que les diga una vez más, me encanta: ¡Chori chori chupke chupke!.

Autor entrada: newsoncinema

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