Molière y los cronistas

Sergio Berrocal | Newsoncinema

“Nos vamos sin aplausos”. Me lo dice, que no me lo cuenta, Marcelo, uno de los mejores periodistas con quien tuve el placer de trabajar en los últimos cincuenta años. Estamos sentados en un chiringuito de una de las tres playas de mi isla africana y recordamos tiempos mejores, es decir tiempos pasados. Molière no murió entre aplausos, porque contrariamente a la leyenda no llegó a fallecer para siempre, no de mentirijilla, en el escenario de un teatro de París sino un poco después, cuando la función acababa de terminar.

 

 

-Pero tú no eres Molière.

-Ni Molière se parecía a mí.

Ego contra ego, creo que el de un periodista habría podido contra el más insigne de los dramaturgos franceses.

Mi ego está esta mañana un poco menos excitado pero me congratulo de haber pasado toda una vida contándole a la gente lo que nunca hubiese podido saber si esa raza de presumidos que son los periodistas no hubiese existido.

Marcelo había recogido casi el último suspiro de Dalí cuando se murió deseando reunirse con su amada Gala. Sin él, sin Marcelo, el mundo entero habría tardado en saber que el maestro se había marchado.

Otro de los nuestros, Domingo, tuvo la genial idea de explicar al mundo entero, desde los teletipos de la Agencia France-Presse en París, que la princesa Margarita de Inglaterra había sido madre. Pero en lugar de andarse con circunloquios, ordenó al operador transmisor de turno enviar dos palabras que conmocionaron al mundo de la crónica rosa: MARGARITA PARIO.

Anécdotas que habían dejado huella en la prensa mundial.

Y ya, en plan más serio, cuando las tropas soviéticas entraron en Praga en 1968 para apagar los deseos de libertad de Checoslovaquia, un periodista también de France-Presse estaba en esa capital y daba la noticia diciendo por teléfono: “¡Los tanques soviéticos están pasando bajo mis balcones…!”

O aquel otro que consiguió la exclusiva mundial de la muerte del Che Guevara por el descuido de un Presidente y de un Monsignore que charlaban imprudentemente en La Paz.

Cada línea que se lee en los periódicos sale de periodistas apostados en algún rincón del mundo.

Contar cosas, describir la odisea diaria que ocurre a cada momento en cualquier rincón del mundo, y no es necesario que haya guerra, que se haya declarado un incendio en una torre infernal, basta con que un niño muera y tú sepas contarlo. Basta con que hayas pasado por la orilla de esta misma playa donde charlamos y te lo hayas encontrado ahogado, porque se ha caído de la patera que le traía del otro lado del mundo en busca de pan. Luego eres tú quien tiene que convertir un suceso banal en una tragedia, para que la gente se conmueva. Ese es el talento del cronista, del contador de cosas.

Nunca el mundo se hubiese significado tanto por los niños encerrados en unas laberínticas cuevas de Tailandia sin la presencia de esos cuentistas testigos que son los reporteros.

Nadie hubiese hablado de ellos si una buena pluma no lo hubiese contado en un periódico, en una radio o en una televisión. Porque la pluma escribe, habla y deletrea imágenes. Una palabra vale más que mil doscientas fotos.

El cronista, el que cuenta cosas tan simples como esas es el bombero de servicio, el que hace sonar la campana en el cuartel para que los demás bomberos suban a los camiones, y salgan volando en un mar de sirenas.

La gente se interesa por los hechos que reseña la prensa. Los demás quedan en una media luz, casi a oscuras y a veces ni salen.

Dicen algunos estudiosos que los delitos, las catástrofes disminuyen cuando el régimen del país es odiosamente sátrapa, porque a los periodistas los callan.

El cuenta cuentos de la actualidad es ese periodista que no goza de demasiado cariño en su Redacción que recorre las comisarías buscando algún hecho que llevarle a su jefe de sección.

Todos hemos pasado por ahí, desde aquel periodista al que después de jubilarse pueden darle, aunque es lo menos frecuente, un gran premio literario, como los mediocres. Porque se trata únicamente de notar y contar.

Toda la pandilla que formábamos la redacción de aquella agencia de prensa con oficinas en el mundo entero nos habíamos formado en las comisarías y en más de un bar, que a veces son los complementos indispensables de las declaraciones oficiales, en general, sosas y aburridas.

Tiene razón Marcelo. Nadie se acordará de que la Intifada, la lucha de los palestinos contra las fuerzas armadas de Israel se convirtió en un hito histórico porque un reportero tuvo la ocurrencia de llamar intifada a los enfrentamientos entre David y Goliat, cuando los jóvenes palestinos apedreaban a los soldados israelíes que les respondían a tiro limpio. Si ninguno de ellos hubiese escrito en su periódico la palabra Intifada, nunca el lector habría podido medir la desproporción del enfrentamiento.

“Y nos vamos sin aplausos”.

Autor entrada: newsoncinema

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