El rey Guido

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El hombre que voy a presentarles a continuación es un genuino representante de la manipulación de la información cotidiana, la que se realiza con fines estrictamente materiales y, por supuesto, infinitamente menos peligrosos que los perseguidos por los manipuladores institucionales. Guido Orlando, mi personaje, era rey de los Relacionistas Públicos, señores que hace cosa de cincuenta años se encargaban de “vender” a gente famosa servicios o productos. Comparándole con los tenebrosos personajes con los que hoy tropieza uno en el mundillo de la manipulación qué duda cabe sobre que Guido era un “naif”. La historia de su vida es una parte de la historia de esa manipulación cotidiana de la información con objetivos tan limitados como pueden ser el lanzamiento de una estrella al firmamento de la fama o un empujón en favor de un hombre político. Pero estarán de acuerdo conmigo en que, al lado de los manipuladores del Watergate o del accidente del avión de Nantes, mi viejo Guido era un Lazarillo de Tormes en estos menesteres. Salvo su Creador y él, pocos son probablemente los que conocen qué ha sido de Guido Orlando. Estoy convencido de que es un nombre que hoy no les dice nada, como sin duda tampoco el de Piero Carlo Restagno o Katharina Dyckhoff. Ello no quita que formen parte de un pasado relativamente cercano a nosotros, los años sesenta. El de Guido Orlando en particular se incluye en una actualidad mundana y folklorica de la que como grande estrella formaban parte Brigitte Bardot, recien lanzada al estrellato internacional con “Et Dieu créa la femme” y un realizador ambicioso llamado Roger Vadim hoy también olvidado, difuminado.

Guido Orlando vivió, palpó, degustó, protagonizó en la sombra, esa época de locura que tenía París por capital. Pero cuando se dejó caer por Europa era ya un señor más bien regordete y canoso, con los sesenta años del self-made-man a cuestas que arrastraba hasta su suite del hotel Prince de Galles de París un pasado en el que confundían, tropezaban, cruzaban y hasta se sobreponían todo lo que Estados Unidos había tenido de bueno o de malo desde los años veinte, con la prohibición y Al Capone por medio, hasta el momento en que decidió, por razones que todavía hoy no he entendido, desembarcar en el viejo continente.

Digo desembarcar porque en ese pasado tan reciente, pero igualmente lejano para muchos, los yanquis atravesaban el Atlántico en lujosos trasatlánticos. Los Boeing 747 no habían convertido todavía el paso de un continente a otro, de una civiliazación a otra, en mero paseo. Se atravesaba el mar en un montón de días. Era aún la aventura, una cierta forma de vivir sotto voce, sin demasiadas prisas. Y eso que Guido Orlando era, no solamente norteamericano y self-made-man, sino al mismo tiempo de origen italiano, como una parte de lo bueno y de lo peor que ha tenido y tiene Estados Unidos. Era la época de los nudos de corbata voluminosos y triangulares, de los puros largos y caros, de los coches todavía más largos y costosos. Guido pertenecía a una corporación prácticamente ignorada en Europa, más por sus métodos que por su finalidad. Era “relacionador público”, o para ser más exacto, “el rey de los relacionistas públicos”, como lo había coronado sin protocolo hacia 1932 un político democráta, Franklin Delano Roosevelt, quien en 1933 fue elegido por primera vez presidente de los Estados Unidos. En aquellos tiempos, en Europa sólo existian agentes de publicidad, señores que mandaban cositas a los periódicos o sobornaban con una mala comida al titular de una determinada rúbrica de un periódico para que hablase de una actriz falta de publicidad siempre y a veces también de talento.

En su suite real, Orlando me había contado aquel episodio de su vida, que él ya había olvidado un poco pero que llevaba anotado con pelos, señales y alguna que otra foto en un libro negro enorme que le servía de introducción cuando algún probable cliente europeo le miraba insolentemente su bigotillo fascistoide como preguntándose quién puñetas era aquel tipo que sólo hablaba inglés, algo de italiano y que además quería meterse en su vida.

La verdad es que, para un europeo medio, es decir un ejemplar bastante mediocre de la sufrida Humanidad, Guido era algo tan absurdo como pretender que el Time de Londres no apareciera al día siguiente. Por ciento que hoy ha desparecido. Yo, que en aquellos felices años cincuenta andaba por París a la caza y captura de personajes cuanto más estrambóticos mejor, con un bloc en el bolsillo y un aparato fotográfico Rollei colgado del hombro, me tropecé con él por puñetera casualidad. Enseguida nos convertimos en los mejores amigos del mundo durante los dos años de su estancia europea sobre la mullida moqueta del Prince de Galles. En su suite, donde por cierto siempre que llegaba estaba dando grandes paseos, dictando con una voz gutural de esa que tienen los norteamericanos, fumando un inmenso habano y contestando a un impresionante número de llamadas telefónicas por minuto. Nunca se me ocurrió contarlas, pero más de una vez me pregunté con mi mentalidad de europeo medio si aquel puro tan oloroso (¿cuánto podría costar al cambio ?) no era siempre lo mismo. Con él nunca se sabía. Pero si los habanos se parecían a todos, las secretarias solían cambiar con una frecuencia alucinante. Detalle curioso : escribían a máquina a las mil maravillas o por lo menos el teclado volaba (¿sería otro truco ?, ¿un disco por ejemplo disimulado en algún rincón ?) y todas parecían bajar del estrado de un concurso de Miss Mundo como muy poco. ¡Qué tías, Dios mio ! Y yo, por muy buen amigo que él me considerase –por cierto que soy incapaz de recordar cómo diablos podíamos pasar días enteros juntos, porque yo no hablaba una palabra de inglés y para él el francés tenía parecidos secretos– nunca acabé de entender cómo aquellas beldades de ensueño, que probablemente gastaban en medias de cristal lo que yo entonces ganaba en dos semanas, podían saber escribir a máquina y todas esas cosas. Pero como uno era un europeo medio, algo mal pensado pero más bien de una inocente virginidad, pues nunca le pregunté. Guido era la más impresionante novela de aventuras que había leído yo hasta entonces. El ejemplo clásico del extranjero que llega a Nueva York, ve de paso la estatua de la Libertad, toma la nacionalidad USA y se convierte en un señor respetable o en un señor con dinero y las relaciones. Todo ellos sin apenas haber usado los pantalones en una escuela. Los ejemplos abundan : Al Capone, Lucky Luciano y un montón de tipos más que tuvieron el gran mérito de convertir al FBI en una de las policías más eficaces del mundo. Ya sé, ustedes me dirán que con la prohibición, aquellas maravillas de metralletas Thomson que emigrantes paisanos de Orlando usaban en las calles de Chicago

por menos de un pitillo. A él le había tocado vivir toda aquella época llena de incorruptibles, de corruptibles, de tiros, whisky de contrabando y otras monadas. Aunque hoy, muchos años después de mis encuentros con el Rey de las Relaciones Públicas, sigo siendo un europeo medio, empiezo a tener otras ideas sobre los trajines de los puros y de las secretarias de la suite del Prince de Galles. Pero esas son reminiscencias juveniles, cuando uno todavía no se ha afeitado en serio por primera vez. Así que prefiero contarles la historia de Guido Orlando tan y como él me la contó.

Quiero señalar de paso que si algún lector asegura que en realidad no era lo que pretendía y que está purgando una pena de doscientos veinticuatro años por tráfico de drogas, yo me escudaré en esa conocida fórmula de que todo parecido con la realidad es pura coincidencia.

Su historia, según me relató una soleada tarde en que la secretaria de lujo tecleaba como una loca y mientras el habano de turno –¿sería el mismo ?– perfumaba la suite cuan harem occidental, había empezado muchos años atrás en un pueblo italiano que se llamaba o se llama Bariciano.

Decía que cuando la comadrona le cortó la tripa esa que llaman cordón umbilical soltó un berrido muy especial quetraducido en cristiano quería decir que no tenía la menorintención de ser un campesino italiano, que se sabía el rollo de la emigración hacia Estados Unidos y que estaba decidido a triunfar.

No se quién ha tenido recientemente el mal gusto de decirmeque Alfonso Capone vino al mundo, valle de lágrimas si ustedes prefieren para hacer la cosa más bonita, con ideas bastante parecidas. El caso es que en 1915 Orlando era ya un mozalbete que andaba por la escuela primaria, por la que un día acertó a pasar el poeta Gabriel d’Annunzio. El alumno –ya presunto emigrante– se le acercó y tirándole de la capa para que le hiciera caso (lo de la capa nunca me lo contó él, pero es de suponer que así transcurrió aquella escena) le espetó como en una serial norteamericano producido por la NBC : “Maestro, ¿qué debo hacer cuando sea mayor ?”, a lo que el interrogado contestó ni corto ni perezoso : “Decide hacer lo que quieras y no permitas que nadie te impida hacerlo”.

Yo siempre me he preguntado si Capone no recibiría el mismo consejo, lo que explicaría el tableteo de metralletas que en Chicago salvó siempre cuantos obstáculos encontró. Un matrimonio de emigrantes italianos adinerados ofreció al chavea los cuartos para que tomase un pasaje en un bonito barco bautizado “Canopic” y que atravesaba el Atlántico muy regularmente. Desembarcó en Bostón, sin ver la estatua de la Libertad, y se fue a buscar a su papá y a sus dos hermanos mayores que, tal vez porque todavía no había entrado al país en la rentable época de los gangsters, se malganaban la vida trabajando en una mina de carbón en Bellaire, Ohio. Pero él decidió que todo aquello era muy sucio y que si algún día quería ver realizados sus sueños millonarios lo mejorcito era empezar como todos los self-made-man, vendiendo periódicos. Y como era ya algo pillín se inventó un truco estupendo. Se ponía en una parada con sus periódicos y cuando iba a arrancar el tranvía ofrecía sus noticias frescas. El me contaba que como los norteamericanos siempre han andado con prisas, casi siempre se largaban con el periódico pero no con el vuelto. Hasta que se le ocurrió encontrar una salida con la música. Su primer profesor, alma bondadosa, le dió a entender que todos los italianos no podían ser Caruso y la cosa se quedó así. Tenía 17 años y el cine –el mudo– le pareció pronto una manera de hacerse un hombre. Sin más preámbulos se fue a ver a un director de cine célebre en aquella época, Robert Caron, y le convenció para que le tomase como ayudante. Juntos rodaron “Back in old Virginia”, romántico título pero nada más. Su carrera cinematográfica fue tan corta como la musical. Se encontró de patitas en la calle, pero como siempre había tenido una cara de acero inoxidable, se presentó en las oficinas de un productor de Broadway que montaba una revista y andaba buscando un Napoleón de mentirijilla. Cuando le preguntó si había interpretado muchas veces ese personaje, el emigrante tuvo la ocurrencia que le dió el papel y 60 dólares por semana.

– Sí, muchas veces, delante de mi espejo. Conociéndole he llegado a dudar no de la historia, sino de quetuviese realmente un espejo. El muchacho era algo duro de mollera y quiso demostrar a su familia minera que era un gran actor, situación que lo llevó a interpretar algunas películas como “On the Banks of the Wabash”, “The Ragged Edge”, “Black White Sheep”, codeándose con Beatrice Lillie, Gertrude Lawrence, Jack Buchanan, Constance Carpenter y algunas “celebridades” por el estilo.

Me ha asegurado sin embargo que en 1924 le dieron un papelito en una revista titulada “Yolanda”, protagonizada por la conocida Marion Davies. Pero como Guido había sido siempre un tipo de los que hoy se llama de diálogo –vamos que le encantaba hablar– arrojó por la borda sus esperanzas teatrales cuando se dió cuenta de que su vida con la bella Marion se limitaría a soltarle todas las noches en el escenario : “Yoohoo Marion”. Siempre he pensado que aquel tropiezo se debió fundamentalmente a que era un hombre que apreciaba más la cantidad que la calidad.

En todo caso, sus devaneos con el cine y el teatro le permitieron conocer a un compatriota, un tal Rodolfo Valentino,con el que inició una carrera de relaciones públicas presentándolo por doquier como “la contribución más importante de la Italia contemporánea al mundo”. Lo dejó quizá porque comprendió que las futuras admiradoras del brillantino Valentino iban a necesitar un tipo de publicidad más viril y que les importaría centavo y medio eso de”la contribución más importante de la Italia contemporánea al mundo”.

Con su tradicional optimismo abandonó a su paisano y sin más se encontró a un individuo que gozaba de cierto cartel en las tabernas de Los Angeles como torero. Pero, según me contaría Guido, el hombre de torero no tenía nada prácticamente más que un nombre que podía sonar en un cartel, Chiquito. Lo malo era que el tal Chiquito le tenía un enorme respeto a los bichos esos con cuernos. Guido lo tranquilizó con dos lingotazos de whisky, explicándole que sus nuevos compatriotas no sabían qué diferencia podía existir entre un becerro y un miura y que las cornamentas que más conocian en el reino animal eran las que llenaban de polvo las pantalla en las películas del Oeste. Ingenioso y más pillo que el Lazarillo de Tormes, se fue rápidamente a las redacciones de los diarios de Nueva York, gritando por todas partes que Chiquito era el mejor de los mejores y que estaba escandalizado porque no le dejaban torear en Nueva York. Naturalmente, había omitido decir que el estado de Nuevas York tenía prohibido ese tipo de espectáculos desde la invención de bichitos con cuernos y alergia a lo rojo.

Se armó la marimorena, aunque Chiquito, como un matador cualquiera momentos antes de entrar en el ruedo, se sabía el rosario dememoria a fuerza de pedirle a Dios que no surgiese un concejal un poco chalao y original que tuviese la ocurrencia de permitir las corridas. Guido, que ya se las sabía todas o casi todas, hacía callar los escrúpulos del rey de los redondeles, que entre tanto empezaba a tomarse más o menos en serio su papelito, quizá porque los rezos no le habian resultado, diciéndole : “Vamos a dejarnos de tonterías. Usted es guapo y fotogénico. Usted y yo sabemos que no puede torear y es incluso posible que el toro lo sepa también.

Pero nadie más lo sabe. “El pobre hombre se convirtió en uno de los más asiduos “clientes” de la parroquia de su barrio : “Virgencita, que los chalaos del Ayuntamiento no tengan la ocurrencia de autorizar las corridas, aunque meramente sea a título excepcional”.

Al pobre hombre no le cabía el reloj en el bolsillo. Los santos lo oyeron y el Alcalde de Nueva York declaró solemnemente ante la prensa (una ocasión como otra de asegurarse votos en las próximas elecciones municipales) que no consentiría que un semenjante espectáculo se desarrollase en su jurisdicción. Aquel día, Chiquito, que entre sus sudores escalofriantes se había procurado la publicidad que la prensa de la época repartía sin miramientos, conoció las horas más felices de su vida y, de paso, a una viuda adinerada que por 1.200 dólares que tuvo que pagar al novicio relacionista público, se dio el lujo de calentar su lujoso lecho con los tembliques de un torero que sólo de pensar en los cornúpetas tenía ataques de paludismo.

Con su gracejo y puro en ristre, Guido me aclararía que aquellos dólares, 600 para él y otros tantos para el Chiquito que tan requetebién se lo había ganado, coincidieron con sus 18 años de estancia en este mundillo nuestro. Cabezón hasta más no poder, mi Guido quería lanzarse una vez más a los ruedos del cine –corría 1925–, idea que cortó de cuajo un director talentoso pero probablemente también deseoso de que evacuara su despecho diciéndole: “Mire, usted sólo sabe interpretar papeles en la vida real”.

Por cabezonada, interpretó un papelito en la última película de Jackie Coogan, “Johnny Get Your Gun”. Asimismo por aquella época se metió a productor y perdió lo que había ganado con los escalofrios del torero más meteórico de toda la historia. En 1927 se tropezó una tarde con un actor al que había conocido en su fugaz carrera cinematográfica. El muchacho parecía muy apesadumbrado y, probablemente para no tener que invitarle a cenar, Guido Orlando creyó tener una idea de genio convenciéndole de que lo suyo era Hollywood. Unos años después se mordía hasta los puños de rabia.

Había dejado pasar una o quizá la ocasión de su vida. El muchacho era el Clark Gable de las orejas de elefante y de “Lo que el viento se llevó”. Polifacético como un camaleón con americana, en 1932 comprendió que había que meterse en la política como fuese y a punto estuvo de convencer al gran D. W. Griffith de hacer una película sobre Benito Mussolini, jugando con la fórmula de que “es el campeón de Europa contra el comunismo”.

Y cuando llegó la hora de las elecciones presidenciales que enfrentaban al republicano Herbert Hoover y al democrata Franklin Delano Roosevelt, se lanzó como un loco por el barrio italiano de Nueva York y cuando salió, sin que nadie le hubiese pedido nada, tenía constituida la “Liga de Ciudadanos nacidos en el extranjero favorables a Roosevelt”. Le llevó en bandeja tres millones de votos y Roosevelt, que había ganado las elecciones,

le bautizó “rey de contactos”.También trabajó para el futuro alcalde neoyorquino La Guardia, para un gangster-senador, y estuvo a punto de que lo decapitaran cuando después de ser explulsado de Abisinia por los italianos sugirió al emperador Haile Selasié reconstruir su imperio en un desierto norteamericano que encontró de ocasión.

Al depuesto emperador no le desagradó el Desert Palm Spring. Las cosas se estropearon cuando supo que su intermediario, Guido Orlando, era italiano. Selasié, quizá por razones más bien mezquinas, su expulsión por los soldados de Mussolini, odiaba a los italianos. Y lo malo es que Guido, que con tanto jaleo no había tenido demasiado tiempo libre para ir al colegio, ignoraba el detalle.

Mr. Guido Orlando siempre me había afirmado, repuro en ristre, que conoció a Merlene Dietrich, que en la Segunda Guerra Mundial fue piloto -ignoro de qué- y que por aquel entonces ya podía fumar habanos de los de Batista, mejores que los de Fidel Castro, según algunos entendidos, ya que se ganaba entre diez y veinticinco mil dólares anuales.

Su amor a la política y por los políticos -desagradecidos que son los muchachos- le hizo pegar algunos resbalones de envergadura. Sin ton ni son, un buen día, al terminar la guerra mundial, se plantó en Paris con la idea más que suicida de lanzar al general Charles de Gaulle como si fuese una marca de comida para perros.

El generalote, que nunca tuvo el menor sentido del humor, parece ser que le mandó a freir espárragos o lo que encontrase. De puro despecho, el coronado rey de las relaciones públicas afirmó que De Gaulle nunca iría muy lejos en política. Con el gordiflón Winston Churchill tuvo también su anécdota. Le pidió que abandonase el puro y dijera públicamente que desde ese momento sólo fumaría la pipa, en una pipa de una marca norteamericana que había convencido a Guido Orlando para intentar esa operación kamikaze en Londres.

Recuerdo que el protagonista me contó en una de nuestras numerosas charlas –con una nueva y todavía más guapa secretaria como telón de fondo– que Churchill contestó que le era imposible aceptar. Con el humor británico que tanto destestaba De Gaulle, le dijo : “Lo siento, joven, pero sólo fumo puros”.

Más optimista que unas castañuelas eléctricas cuando hay luz, se dijo que, después de todo, lo suyo era Italia y los políticos italianos. Se entrevistó con el rey Víctor Manuel III en Estoril y en 1948 ofreció su sabiduría al gobierno de Gasperi. Los demócratas cristianos se entusiasmaron tanto con él que toda la prensa le llamaba “hombre dinamita”. Y realmente se lo merecía, porque sin verborrea ayudó un rato al partido con un lema sencillito y con mucho gancho:

“Vote por quien le de la gana, pero vote demócrata cristiano”. El Papa terminó por darle una condecoración. En su lista de clientes, que un día me enseñó, tenía al ex rey Faruk, a Don Juan y a Don Jaime de EspaNa, al marqués deMilford Haven, a la princesa Cantacuzine de Rumania, el ex rey Carol de Rumania y a su colega de Yugoslavia, además de Leopoldo de Bélgica.

Es contar y no acabar. Su astucia, que probaba con recortes de prensa y cartas, no tenía límites. Un salchichero judío norteamericano había tenido la genial idea de instalarse en un barrio neoyorquino lleno de católicos y ni los perros aparecían por su tienda. Hasta que Guido se lo llevó a Roma y aprovechando una audiencia general del Papa le abrió paso a puñetazos y con algunos miles de liras para la Guardia Suiza. El Papa de turno se encontró a su lado, en medio de miles de peregrinos, con un señor que le pedía su bendición. Su Santidad le sonrió generosamente. La foto se publicó en toda la prensa de los Estados Unidos y el judío de las salchichas se hizo millonario sin cambiar de barrio.

Hace un montón de años que no he visto al genio de las relaciones públicas. Quizá se haya muerto o tal vez no. Para mí es inmortal. Las últimas imágenes que de él me han quedado las recogí en los ampos Eliseos. Estábamos en la primavera y paseábamos tomando el sol, en medio de cientos de turistas en su mayoría anglosajones. Al lado de un kiosco de periódicos había un ciego, un pobre ciego, claro, que llevaba colgada en el cuello una pizarrita con la palabra “aveugle” (ciego). Guido se le quedó mirando y en un precario francés le dijo algo al hombre, que, consus ojos muertos parecía más bien escéptico. Finalmente contestó : bueno, que hiciera lo que quisiera. Le quité la pizarra y una tiza y se lo pasé a Orlando. Escribió durante unos segundos y volvíó a colocarle el cartelito. Al cabo de unos minutos, los turistas anglosajones casi hacian cola para darle limosna al abandonado ciego. Mi amigo había borrado “ciego” y había escrito en inglés : “La primavera ha llegado. Usted puede verla. Yo no”.

De veras, siento que no hayan conocido a mi amigo Guido.

Autor entrada: newsoncinema

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