Hemingway y la princesa triste

Sergio Berrocal | Maqueta Newsoncinema

Ahora resulta que para dárselas de feminista hay que conducir, eso sí con chador si posible, un auto negro como los de las policías de las series televisivas y que todo sean mujeres en el interior.Esta moda acaba de estallar en Arabia Saudita, donde ser feminista supone tener el permiso de conducir y que te dejen conducir el coche. No hay problemas de dinero porque en los países del Golfo Pérsico todo el mundo parece rico. El petróleo da para mucho. En Occidente, ese lugar del mundo donde si no tenemos el petróleo de los árabes estamos muertos, acabados, kaput, es todo lo contrario. Las auténticas feministas con presupuesto tienen chófer. Y cuando conducen ellas mismas, casi siempre porque, mire usted, esto de los choferes, con o sin acento, está por las nubes, lo hacen con faldas y a lo loco. Se visten como les da la gana, sin chador, por supuesto, lo más atractivas posible, y con todo el charme de que es capaz una mujer occidental a pie, en coche o a caballo.

Muy lejos, las saudíes empiezan a obtener la libertad de la conducción pero a condición de negro, que te quiero negro, de ir tapadas hasta las raíces del cabello.

Total, a las saudíes solo les ha costado llegar a este grado de libertad treinta años, con lo cual puede calcularse que dentro de otros treinta les dejarán repostar gasolina y, quizá, si Alá es muy benevolente, quitarse el velo aquel que a los occidentales nos garantizaban el enajenamiento sexual en todas las leyendas de Alí Babá y sus cuarenta ladrones y de otros Bagdad y Damasco, actualmente poco recomendables porque los aviones de uno y otro país, los buenos y los malos, andan que te pego bombardeando a diestro y siniestro.

Imaginen que conocí en París a la que iba a ser la última sultana de Irak, es decir la futura esposa del rey que por aquellos buenos tiempos mandaba en Irak, Faisal I.

Ella, creo que se llamaba Sabiha, había hecho escala, les hablo de los años de 1958 y algo, en París para comprarse el ajuar, antes de que el avión del rey viniese a buscarla.

Estaba esperando de boutique de lujo en boutique de más lujo a que su amado, al que creo que ni conocía, le mandase a buscar, cuando estalló la revolución en Irak y un general –me contaron que un tal Sadam Hussein andaba por allí—colgó a su simpático novio y ella se quedó, ustedes perdonen, compuesta, con ajuar y sin novio. Bueno, me dirán ustedes, pero ya había comprado lo necesario para la boda y esas cosas siempre pueden servir de una vez para otra.

Por aquellos tiempos un servidor tenía una manía muy frecuente en la gente de mi edad –cosa de 18 años–; me enamoraba de todas las mujeres a las que iba a entrevistar. Por supuesto, caí rendido a los pies de la princesa aunque, debo reconocer, ella no me hizo el menor caso. Esta circunstancia no es un menoscabo para mi masculinidad porque la princesa, pobrecilla, se había comprometido y ya se había gastado todo lo que debe de gastar una novia princesa de las mil y una noches.

De aquel fracaso amoroso me quedó una estupenda exclusiva porque había sido el único periodista que no teniendo mucho que hacer me había dado por entrevistar a la princesa triste, con lo cual aquellos días pude mejorar mi almuerzo que consistía en dos huevos cocidos con sal y un café con leche, bueno un café au lait que no es exactamente lo mismo.

Después llegó Sadam Hussein, que era muy poco romántico, tanto que los norteamericanos no vacilaron en colgarlo, quizá en recuerdo del novio de mi niña bonita la princesa.

Ya no hay princesas en Oriente Medio. Damasco es una ciudad en fuego y en Bagdad se han reemplazado las alfombras voladoras de nuestros cuentos maravillosos por aviones tan rápidos como mortales.

Aviones que por cierto venden también las potencias europeas que los poseen a la gente del Golfo Pérsico, con lo cual da argumentos a los sultanes para mostrarse generosos con las mujeres dejándolas conducir al cabo de treinta años –por cierto que es el mismo tiempo que han tardado en abrir un cine en Arabia Saudita.

Me lío porque los argentinos lo están pasando regular en la Copa del Mundo de Fútbol que tiene lugar en Rusia, precisamente cuando Vladimir Putin necesita tanto de las simpatías de Occidente. No es que yo quiera decir que la política, los aviones y el fútbol son una misma cosa, pero las casualidades no me gustan.

Tanto más cuanto que en 2022, si no hay una revolución, Qatar organizará el Mundial de fútbol, con lo cual el balón que tantas codicias suscita se convertirá en el valedor de un país donde en cuestiones de libertad, como en el resto del Golfo, no todo es maravilloso.

Bueno, me dirán ustedes que tienen los pies en el suelo y no en las de mis fantasías, ya abrieron una sucursal del Museo del Louvre en Abu Dabi. Si a esta pasión por el arte que les ha costado un riñón agregamos el permiso de conducir para las señoras treinta años después en Arabia Saudita, es indudable que los caminos de la libertad en los desiertos remotos son inescrutables.

Me dejé a la princesa triste en París y la verdad es que no entiendo que hace el fútbol en mi cuento de las mil y una noches. Es que, verán ustedes, me da tanta pena que esos países de nuestros cuentos infantiles hayan cedido al rollo del fútbol y a sus mil y un chanchullos para conseguir sedes y vender jugadores a golpe de millones de dólares, o de euros, que no sé cómo llorar, si de frente o de costado que es más masculino.

Voy a dejar este cuento aquí porque mi espalda me prohíbe seguir tecleando, aunque acabo de recordar una foto de Ernest Hemingway en la que aparece tecleando de pie en Finca Vigia, en Cuba.

Voy a intentar hacer lo mismo, aunque no tengo Finca Vigia a mano y no sé donde ponerme pare realizar esa atrevida manera de escribir. Pobre Hemingway, nadie dijo nunca que tenía la espalda como unos zorros pese a lo que presumía de superhombre…

Autor entrada: newsoncinema

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