Achtung, Papiers!

Sergio Berrocal | Maqueta Newsoncinema

Estoy asqueado, enfurruñado, hasta el gorro de tanta mentira, de tantísimo mito que unos y otros paseamos por el mundo sin el menor sonrojo. En una sociedad tan competitiva hay que inventarse o morir. Entonces ves que un político, dos, tres, y así hasta dónde ustedes quieran, se reinventan, agregan diplomas a sus hojas de servicio.Porque vivimos en la época de los papeles. Tienes que estar totalmente empapelado, de diplomas, auténticos o falsos, de pasaportes, aunque sea un viejo Nansen de aquellos que tantas vidas salvaron. Es la sociedad de las apariencias. Tienes que aparentar lo que sea, pero algo. No puedes ser un pobre emigrante que ha atravesado desiertos y mares en busca de la libertad y que declara no tener ninguna documentación. Entonces, la Autoridad les espetará: Si no tiene papeles no es nadie.

No puedes ser un genio crecido en tu propia experiencia. Tienes que tener papeles para acreditarte, aunque sean de mentirijilla. Vivimos a lo Orwel o incluso como el bichito de Kafka. Dependemos de lo que haya en archivos de no sabes qué sobre ti. Si no estás en una partida de nacimiento, en una ficha de un club deportivo, en los bajos fondos de una escuela solo para cerebritos, no eres nadie, cero. Vuelva a su tribu y empiece de nuevo la travesía del desierto subsahariano y luego échese al mar, atraviese el estrecho de Gibraltar. Pero no se olvide de los papeles. Son esenciales.

Todos tenemos un número o varios. Pero ellos, los emigrantes que han llegado a nuestras casas tras haber conseguido la hazaña jamás lograda, la que ningún artista de Hollywood conseguiría ni con efectos especiales, son unos desconocidos. No tienen un número de algo, aunque sea de la Biblioteca municipal.

Cuando yo llegué a mi isla africana, lo primero que hice fue inscribirme en la biblioteca pública. Así, me dije, tendría un documento nacional porque los míos eran de otros países, de otros números de otra lengua. Y como por mucha Europa unida que se proclame cada cual va a su aire, más vale biblioteca nacional que diplomatura extranjera.

Lo peor que te puede pasar es llegar a una dependencia oficial, dar tu nombre y que el funcionario de turno conteste: “No, no encuentro su nombre…”

Pégate un tiro y acabas antes.

Ningún autor de ciencia ficción hubiese podido imaginar la triste realidad de nuestros días. Andas por la calle con el carné de identidad entre los dientes, como aquellos periodistas norteamericanos de norteamericanas películas que llevaban el carné de prensa prendido en el sombrero para no tener que andar sacándolo.

Así hemos llegado al reino de los falsificadores. En algunos países ya se venden en públicos mercados diplomas de todo tipo, para todas las edades, para todas las necesidades. Puedes convertirte en ingeniero especializado en luz solar a condición de aceptar el precio que te piden, que a veces es bastante subidito de cifra. Pero te sacan del apuro.

Falsificar documentos para endulzarnos el curriculum no está mal, pero en España se descubrió que un alto cargo político había obtenido un máster en Administración Pública sin tener que acudir a ningún mercadillo exótico. El director de una universidad privada se lo había arreglado a las mil maravillas.

Cuando los jueces dieron al traste con el invento, se observó con alto regocijo que algunos cargos políticos de los más relevantes habían “perdido” uno o dos diplomas que constaban en su vida profesional. No había sido ninguna operación mágica. Simplemente, cuando vieron que la justicia empezaba a vigilar y a verificar los estudios hechos o supuestamente realizados, se pusieron “en regla” y borraron algunos diplomas que no habían tenido nunca.

Autor entrada: newsoncinema

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