Romy Schneider, la inolvidable

Sergio Berrocal | Maqueta Newsoncinema

Nadie sabe para qué puede servir una película afirmando que Romy Sneider, que fue sin duda la actriz más querida de su época, era adicta al alcohol y a los medicamentos. Pero la han filmado, distribuido y causado una inmensa pena a Sarah Biasini, hija de la estrella fallecida en 1982. Murió de dolor, el peor, la pérdida de un hijo, cuando otras mujeres empiezan a vivir. Tenia 44 años de edad, una belleza que le había dado Dios o el Diablo, era rica pero tenía el corazón roto, hecho de esos pedacitos que deja como cicatrices la muerte de un hijo, algo que se ama, se venera y se teme por encima y por debajo de todas las cosas. Se llamaba Romy Schneider y aunque era de origen alemán, porque así lo habían mandado sus padres, actores como ella, parecía más bien un personaje del más puro neorrealismo italiano.

En aquellos años sesenta en los que París era más que una fiesta una constante luminaria de fuegos artificiales de belleza, talento y bondad desparramada alrededor del Sena, ella y yo nos cruzamos en los estudios de cine, en algunas de esas fiestas locas e impersonales en las que todo el mundo conoce a gente que nunca ha visto y que probablemente nunca volverá a ver.

Cuando desembarqué en París de un vagón de segunda clase que me traía desde el puerto de Marsella, allá en el sur profundo, ella ya era la alemana sonriente que había conquistado a medio planeta.

¿Quién no recuerda a la sutil a la vez que empalagosa Sissi, aquella muchachita con la cabecita repleta hasta estallar de cuentos de hadas que un día el cine convirtió en emperatriz, con e mayúscula, de una Austria que por aquellos derroteros de la historia y de la geografía que entonces se llevaban era un imperio con enormes bigotes, soldados de opereta y un vals de los Strauss para cada hora del día y de la noche?.

En su vida surgió como un bólido el actor francés Alain Delon, cuando ya ella era la estrella más querida de Francia.

Al Delon de entonces lo descubriría como un jovenzuelo con poco oficio, apuesto aunque sin gran experiencia escénica que, según contaba su agente de prensa, había

combatido valientemente en Indochina, cuando Vietnam se llamaba así, cuando los franceses se pegaban contra los independentistas antes de que los norteamericanos convirtiesen aquellas tierras en un infierno de napalm, muerte y escenas de atrocidades y de rebote se les trasformara en la mayor vergüenza jamás sentida por los Estados Unidos desde su Guerra de Secesión.

Muchos años después, los dos éramos mucho más viejos, el muchacho se convirtió en un excelente actor, con un ego como Buenos Aires de grande, que llegó incluso a flirtear con esos medios un poco extraños que son los del boxeo y hasta organizó un combate entre un francés muy majo, Jean-Claude Bouttier, y la bestia parda del argentino Carlos Monzón que luego daría que hablar por otros combates, más maritales y más vulgares.

Pero cuando ocurría el cuento de Sissi, Delon era altivo, seguro de su belleza que derretía a las espectadoras mientras los hombres le consideraban como un pedante marica. El caso es que llegó a transformar a la frágil alemanita en novia de una Francia que buscaba sin saberlo otro símbolo femenino que hiciera contrapeso con la sexualidad desbordante de Brigitte Bardot.

Con el retroceso del recuerdo que analiza, a una distancia razonable, creo que cuando llegó a Francia Romy Schneider ya ocultaba una infinita tristeza en unos bellos como la vida que sin embargo parecían sonreír constantemente, tal vez para no abrirse al llanto.

Entre noviazgo y ruptura con el guapo del cine francés, fue afirmándose en el papel que había conocido desde que le quitaron los pañales, el de una intérprete todo terreno que le permitió meterse en un atajo de películas fe desigual calidad pero de idéntica intensidad.

Y se sucedieron por su pantalla personal desde la archiolvidada Wenn der weise Flieder wieder bluht (que probablemente alguna vez tuviese un título en español) hasta Sissi Emperatriz y otras del mismo tipo, que luego darían paso a cintas recias como El proceso, de Orson Welles, Plein soleil de Rene Clément, La piscina, de Jacque Deray, y ese momento mágico en su vida que fue El crepúsculo de los dioses.

Casi había hecho olvidar a la empalagosa Sissi cuando de pronto, con una popularidad que rompía marcas y fronteras, se tropezó con uno de los más grandes directores del cine intimista francés, Claude Sautet, quien la paseó triunfalmente por un mundo de amistad, amor y maravilla de los demás desde Las cosas de la vida, a Max y los traperos y a Mado o la singular Una sencilla historia.

Sautet había conseguido moldear la fragilidad de una Sissi acurrucada en sus palacios de fantasía y en sus fortalezas de niñerías para adolescentes retrasados en una mujer fuerte y amante, con un corazón inmenso. Ya hacía mucho tiempo que se había inventado la palabra feminista pero creo que ninguna actriz antes que ella habia sabido darle un escenario en su mundo y en su corazón.

Si todas y todos la habíamos amado antes por esa fragilidad vestida de seda, por ese personaje casi irreal de cuentos de hadas, ahora la queríamos como la mujer en la que la belleza rompe de golpe y porrazo, como un parto, a medida que los sufrimientos le van horadando la vida. Nunca soltó aquella sonrisa de sus comienzos felices, aunque fue haciéndose más melancólica a medida que parecía escapársele la vida en el suspiro de un gesto apenas reprimido.

Cuando ese hijo querido, que nunca nadie sabe cuánto se quiso, murió de forma espantosa, como si hubiese otra forma de morirse, la mujer madura se hizo todavía más humana. Nadie, y ella menos que nadie, hubiese podido pensar que Romy Schneider iba a terminar siendo una perdedora.

Como si Hemingway hubiese inventado algo y como si la vida diese opción para ser ganador de un combate ya de por sí desigual, incluso cuando los primeros asaltos tienen lugar entre las sábanas de seda de una niña prodigio que parecía haber sido tocada por la varita mágica de esa hada madrina que, en momentos de desesperación, tiende a esfumarse.

Todo el mundo la amó hasta el final. Sin importarle a nadie que la ganadora se hubiese transformado en una perdedora que ni la tísica Dama de las camelias, de Dumas hijo, habría podido igualar en ese dolor profundo que se siente cuando se sabe que se ha perdido todo y que nada, ni Dios, podrá remediarlo nunca.

Autor entrada: newsoncinema

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