Tippi Hedren con ron cubano

Sergio Berrocal | Maqueta Newsoncinema

Estoy profundamente asqueado de que todo dependa de las circunstancias. Una película rodada en un país donde los jefes religiosos son unos retrasados mentales y prohíben hasta respirar tiene más posibilidades que otras, mejores pero sin censura ni imanes al canto. Si yo fuese realizador me dejaría la barba, rodaría en los países donde cuelgan a los homosexuales en los puentes de las autopistas y esperaría la crítica ditirámbica. Aunque fuese con una cámara de aficionado y en el interior de un automóvil. A nadie le importa un carajo.

Hay que ser mártir para parecer talentoso.

Y Occidente, que siempre ha sido la más tonta para bailar, aplaude hasta dejarse las manos porque es un realizador iraní, turco, argelino, afgano y un largo etcétera. Y ya no hablemos si el gobierno de ese país tiene el acierto de prohibir la película.

Una película tiene que ser buena por su contenido no por sus circunstancias porque si no seguiremos aplaudiendo mariposas que no existen, que no son más que gusanos de seda sin seda.

Pero Occidente está tan comprometido con su propia imbecilidad que no importa. Todo lo que no entendemos, no queremos comprender o simplemente que nos “épate”, nos maravilla, tiene más valor que Godard en sus mejores tiempos.

Leo en Le Monde, que la mamá de Melanie Griffit, ¿quién no saben quién es?, tiene más de 80 años y sigue trabajando. Se llama Tippi Hedren y fue la revelación de “Los pájaros” y luego se convirtió en la musa muy amada de Alfred Hitchcock el gordo del talento que le dio papeles por el que cualquier actor o actriz hubiese asesinado a sus más íntimos.

“Los pájaros” es una de las mejores películas jamás rodada. La interpretación de Tippi Hedren es de Oscar para toda la vida, de los que se recogen todos los años, haya o no fiesta de feministas enfurecidas en las alfombras rojas, donde las actrices (¿feministas?) siguen luciendo sus cuerpos gentiles sin que nadie las acuse de acoso sexual.

“Los pájaros” no es solamente una película de terror bueno, amable y con champán rodada en Bodega Bay, un lugar de California donde a uno le gustaría vivir hasta morir, y si posible con Tipi Hedren y su falda impecable, que ninguna de las asesinas gaviotas que lanza Hitchcock como depredadores de ilusiones pueda manchar.

Ella, Tipi Hedren, está hierática entre tanta cagada de esos bichos feos con el pico más o menos agresivo según las latitudes. No se inmuta. No se le ve una arruga. Enamora, hace palpitar el cuerpo de un pájaro con chaqueta llamado Rod Taylor. Y luego, cuando ya la ha soltado Hitchcok en Bodega Bay, vuelve a ponerse a sus órdenes para rodar “Marnie la ladrona”, sin inmutarse, conservando el cutis de la reina de Saba vista y corregida tal vez por Zeus.

Pero estás muy lejos de Bodega Bay, en una isla africana adonde has llegado porque el destino tiene sus reglas y tú no has sabido saltártelas a la torera. En tu playa hay montañas de gaviotas, que en algo se parecen a las otras, pero Tipi Hedren nunca ha aparecido por allí.

Das asco tío, de querer vivir en el pasado que ya ni siquiera existe en los museos más confiables.

Tipi Hedren fue una de las reinas de Hollywood, algunos dicen que la reina indiscutible, y su hija, Melanie Griffith, belleza de mamá, se aprovechó de esa tremenda popularidad, influencia o como quiera llamarse, para realizar una carrera de reina.

Melanie fue la reencarnación juvenil de la mamá Tippi Hedren. Y como ella enamoró al mundo, nos enamoró a todos y quizá a todas.

¿Y pretenden ustedes que les hable de esa película iraní, turca o tunecina, cuando ella está todavía sonriendo con unas publicidades o algo parecido que hace para no sé quién?

En los últimos tiempos, Hollywood se ha convertido en un Okay Corral donde las feministas han ajustado sus cuentas con los hombres malos. Pero, oiga, paisana, señora de portada de revista, todos los hombres no son malos. Escuche un poquito, enamórese de un bolero, el que ustedes quieran, aquel que me pusieron el Restaurante Monseigneur de La Habana un mediodía en que yo salía con el alma partida de mi habitación del Nacional.

Vi una enorme foto de Bolita de Nieve, que por lo visto pasaba tardes enteras tocando allí mismo donde yo almorzaba, o cenaba, o quizá merendaba, con unos amigos, con la comida que fuera pero con la orden imperativa al divino camarero con pajarita y esmoquin que hubiese conquistado a la misma Gilda: Que no falte, bajo ningún pretexto el ron, con cachos de nieve y vasos anchos. Creo que aquellos vasos no eran de Murano pero qué más daba. Y bebíamos y bebíamos hasta que se acababa el tiempo de la reflexión. Porque reflexionar en una ciudad como aquella era peligroso.

Una noche, cerca de La Habana, nada más llegar al Festival de Cine, la primera, o quizá la segunda vez, que la virginidad se negocia, mi amigo Chango me advirtió que fuese cuidadoso con el ron, porque era traicionero. Era una magnífica fiesta en la que vi cómo Fidel Castro y Alfredo Guevara se daban un abrazo fraterno. Eran amigos y yo tenía celos. Bebí de aquel ron divino hasta la mañana en que amanecí en mi habitación del Hotel Capri, y entonces supe, comprendí con todo el dolor de mi corazón, que en aquella cama no había dormido Frak Sinatra como me vendió el recepcionista maldito. Mi ídolo. El ron cubano es muy sabio.

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