Jean Seberg, treinta y nueve años no son nada

Sergio Berrocal | Maqueta Newsoncinema

Cómo ha pasado el tiempo. Treinta y nueve años, toda una vida, van a cumplirse de la sospechosa muerte de la actriz norteamericana Jean Seberg, más francesa que otra cosa porque fue en Francia donde descubrió la fama y finalmente el amor, para su desgracia. Cuando encontraron su bonito cuerpo hecho un ovillo en la parte trasera del Renault 5 quedé muy impresionado. El cadáver había permanecido estacionado en una fila de automóviles de una calle elegante de París toda una noche fría, de helada primaveral.

Era el 8 de septiembre de 1979. Jean Seberg tenía 41 años de edad y ya un pasado de actriz que en 1960 había dado un latigazo al somnoliento cine francés interpretando “A bout de soufflé” de Jean-Luc Godard, y con el entonces horroroso guapo Jean-Paul Belmondo.

Mientras leía los detalles del hallazgo del cadáver delante de un café con leche en un ruidoso bar de Pigalle no podía por menos que recordar unos veinte años atrás. Con pecas y una sonrisa que le comía la cara, ella acababa de desembarcar en París, más o menos al mismo tiempo que yo.

Pero mientras un servidor se cocía huevos duros con el agua caliente de un lavabo en un hotel casi sin nombre de la Rue Houdon, ella residía en uno de los grandes palaces de París. Sacudiéndole el polvo de su pueblo natal perdido en un lugar casi sin nombre de Estados Unidos la había traído el gran productor y director Otto Preminger, hombre que por aquellas fechas tenía una influencia primordial en la industria del cine norteamericano.

La leyenda que ya trataba de tejerse alrededor del descubridor y de su descubrimiento pretendía que la había visto por primera vez vendiendo perritos calientes en ese pueblo de polvo y ventolera cuyo nombre no recordaban ni sus agregados de prensa.

El gran Otto había quedado prendado de la chiquilla de 18 años, no porque se hubiese enamorado de ella como un Pigmalión más sino porque por fin, tras mucho buscar, había dado con el personaje que quería para encarnar a Juana de Arco. Una más para la pantalla con Richard Widmark en el papel de Carlos VII y basándose en la obra de George Bernard Shaw. Con ambiciones hollywoodíanas por medio que veían en París la capital del mundo civilizado, Preminger quiso estrenar su Saint Joan en la Opera de París.

Jean Seberg, que no había salido en dieciocho años del pueblucho de los perritos calíentes. llegó totalmente deslumbrada a la Ciudad Luz. Carita, una peluquera de origen español que por aquellos entonces era el no va más en belleza, se encargó de peinarla como su heroína mientras los flashes de los fotógrafos recogían cada movimiento del peine que estaba convirtiendo a la salvaje de la profunda Norteamérica en señorita de París.

En los pocos días que precedieron al estreno, Jean se convirtió en el punto de mira de todos los gacetilleros parisienses que no la dejaban ni a sol ni a sombra.

La perseguían por todas partes y ella, que apenas si sabía unas palabras de francés, reemplazaba los discursos por sonrisas que sabía fabricar como nadie. Llegó la hora fatídica de la première del filme. Y digo fatídica con toda la intención del mundo porque fue un fracaso rotundo y absoluto.

Mientras la crítica trataba a Preminger poco menos que de retrasado mental – después de todo se había atrevido con un personaje más francés que la Torre Eiffel –, sin acordarse de que era un gran señor del cine, autor de una Carmen Jones memorable, a ella la quemaban en la hoguera de las vanidades.

Pero, curiosamente, en tanto la Juana de Arco del estadounidense se hundía en el oprobio de las críticas, Jean Seberg no parecía enterarse y perfeccionaba su francés. Llegó un momento en que podía pedir una CocaCola sin hacer gestos.

Y, como si no fuese la cosa con ella, se instaló en un coqueto apartamento del Barrio Latino donde fue a buscarla Jean Negulesco, entonces un tanto especializado en las novelitas rosas cinematográficas para ofrecerle el protagónico papel de Bonjour tristesse, aquellos Buenos Días Tristeza que habían hecho de una ignorada escritora, Françoise Sagan, una millonaria de las Letras que a punto había estado de matarse a bordo de un descapotable deportivo inglés ganado con sus primeras plumas,

El personaje de la Sagan trajo suerte a la norteamericana, que le prestaba toda la frescura que no había podido utilizar entre las llamas de los malditos ingleses que la quemaban con los andrajos de Juana de Arco. Tanta que el más a la moda de los realizadores que entonces pululaban por París, el suizo Jean-Luc Godard, padre de la nouvelle vague, no se lo pensó dos veces cuando empezó a rodar A bout de souffle. Pero un poquito antes, a la Seberg le había dado tiempo a convertirse en un personaje casi de dibujo animado en una peliculita titulada The Mouse That Roared.

Entonces empezó a enamorarse. El primero fue un abogado bastante atractivo, Francois Mareuil, que luego se hizo director de cine para dirigirla en algo llamado La recreation, película que no ha conseguido ni figurar en un rinconcito de la menos exigente historia del cine. Amor a primera vista que años más tarde fue reemplazado por el de un diplomático francés adulto y con barba, Romain Gary, novelista por más señas, que también sucumbió a la tentación de la dirección de cine para tenerla delante de la cámara.

Pese, quizá, al fracaso de su inmolación en la hoguera de la heroína Juana de Arco, Jean Seberg conoció una carrera muy prolífica en Francia. El público la admiraba y la quería, prueba de que, aún con su fracaso inicial, Otto Preminger había sido un excelente maestro. Sus ojillos sonrientes, llenos de vida hasta la madrugada del R5, eran lo que enamoraban más.

Desquiciada por hombres como Mareuil y Romain Gary fue yendo poco a poco a la deriva. En un viaje a Estados Unidos, es lo que me contaron entonces, yo ya no la veía desde que bebíamos Coca-Cola y nos reíamos del mundo, se había enamorado de un líder de los Panteras Negras, aquel grupo que quiso reivindicar el poder o por lo menos un pedacito así de pequeñito en el país más racista del mundo.

Ignoro (en aquel momento no pude conseguir información fiable al respecto), por qué ni cómo, pero a los histéricos servicios secretos norteamericanos aquel idilio les provocó la misma rabia demente que cuando Edgard Hoover, director del FBI, se enteró de que el presidente John F. Kennedy estaba liado con Marilyn Monroe. Y como a ella, probablemente la castigaron.

El ovillo de carne hallado en el modesto R5 que, pese a la fama y al dinero, Jean Seberg conducía por París fue el producto de un suicidio, dictaminaron los forenses que examinaron los restos de la actriz. Luego se dijo que, en realidad, la habían suicidado. Según se publicó por todas partes, los norteamericanos no querían admitir que una de sus estrellas más populares dentro y fuera de casa tuviese como amante a un negro y menos a un líder negro de una política que en aquellos tiempos era muy activa.

Me consolé como pude pero nunca olvidaré la primera vez que me la presentaron, recién llegada a París, ni cuando en la peluquería de Carita le ofrecí una rosa roja. Es un recuerdo que muchos años después todavía me persigue en esta playa del sur profundo, a unos baños olímpicos de las costas africanas. Nunca olvidaré a Jean Seberg. Cuando la veo en las fotos que tomamos en aquellos años de felicidad el corazón me da un vuelco. Mi maldito médico asegura que nada tiene que ver con mi hipertensión. Pero qué saben ellos de lo que París era en aquellos años sesenta hechos de amistad y hasta de amor.

Autor entrada: newsoncinema

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *